El pulso de la semana

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"Saber que puede, querer que se pueda" (Color Esperanza, Diego Torres )

24 de julio de 2010

(Edición No. 110)

Cuentas alegres del Presidente Ortega

Varios y muy prestigiados analistas se han encargado de probar, cifras en mano y con sólidos argumentos, que fueron cuentas alegres las que el Presidente Ortega hizo en su discurso con motivo del 31 aniversario de la Revolución Sandinista.

Ortega pintó un paisaje rosa que no se compadece con la triste realidad en que vive la inmensa mayoría de nicaragüenses. Desde luego, a él le cuesta entender esa realidad, porque nunca ha trabajado, ni se ha ganado un centavo fuera de la política.

 

 

Pero si no bastara lo que serios profesionales han dicho, a los pocos días la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de las Naciones Unidas, hizo públicas cifras del crecimiento económico reciente  y futuro de nuestros países, que son un verdadero tapabocas a Ortega. Éste dijo que Nicaragua había decrecido menos que los otros países centroamericanos en 2008 y 2009, años en que se sintieron más los efectos de la crisis económica internacional. Resulta que según la CEPAL en 2008, mientras los países centroamericanos crecieron a una tasa promedio del 4.4%, Nicaragua solamente creció el  2.8%.

Y en 2009, el año más duro, solamente El Salvador, país que resiente más el tema de las remesas, decreció más que Nicaragua. Hasta Honduras, que por el Golpe de Estado de mediados de ese año tuvo que enfrentar el total corte de la cooperación internacional, tuvo un desempeño económico relativamente semejante al de Nicaragua, que prácticamente recibió más cooperación internacional que nunca.

Ortega habló de éxitos económicos que solamente en su imaginación y en el susurro servil de sus allegados existen. Su gobierno es, de lejos, el más incompetente e ineficiente de la historia reciente.

Bueno, dejemos ese pasado. Pero resulta que el futuro luce igual de mal o peor, mientras Ortega siga en el gobierno. Según cifras de la CEPAL en 2010 y 2011 creceremos menos de la mitad que la media de América Latina, y menos que todos los países centroamericanos, excepto El Salvador.

Cuando el  gobierno de Ortega termine, el ingreso por habitante no habrá crecido prácticamente nada en cinco años. Con las tasas de crecimiento del actual gobierno, necesitaríamos más de cincuenta años   -¡50 años o más!-  para que el ingreso nacional por persona se duplique. Serán poquísimos los nicaragüenses actualmente vivos que verán esa realidad poco halagüeña, porque para entonces el ingreso por habitante de Costa Rica, que actualmente es siete veces superior al nicaragüense, si se mantienen las proyecciones actuales, será casi veinticinco veces superior al nuestro. Es decir, seremos más pobres, en términos absolutos, y en términos comparativos, que nuestros vecinos.

Es decir, con Ortega hemos tenido mal pasado, peor presente y pésimo futuro. Si es que dejamos que él sea nuestro futuro, ¡qué no lo dejaremos!

Para que Ortega termine

Y a propósito del fin del gobierno de Ortega, esta semana se me preguntó qué debía hacer la oposición para convertir en realidad esa esperanza. Contesté lo siguiente:

Primero, conseguir las condiciones de unas elecciones creíbles desde el punto de vista democrático. En resumen, autoridades y reglas del juego confiables, y que los votos se cuenten bien.

Segundo, unirse. Pero unidad no significa unanimidad, porque siempre habrá quienes se presten al juego del orteguismo y tratarán de dividir a la oposición. Unidad significa que el grueso de las fuerzas políticas opositoras, esto es, la inmensa mayoría de liberales que se oponen al pacto, el MRS, y otras fuerzas genuinamente opositoras, se unan.

Tercero, tener una candidatura que atraiga, que movilice, que seduzca a la inmensa mayoría de fuerzas políticas que se oponen al orteguismo, y al pacto que le ha dado vida.

Cuarto, que se pueda atraer, encantar, a la mitad de nicaragüenses que se declaran independientes, y que cuando se les moviliza, nueve de cada diez votan contra el orteguismo. Sin una votación masiva, lo cual significa movilizar a los independientes y no solamente a los que declaran tener una simpatía partidaria, liberal o de otra índole, es muy difícil derrotar al orteguismo.

Quinto, hacer una propuesta creíble de " la Nicaragua que queremos y podemos tener": próspera, democrática, justa, pacífica. Yo estaría  encantado de contribuir con ideas concretas que permitan que Nicaragua crezca en promedio al 8% anual, con lo cual se van a crear 150,000 o más empleos cada año, y  el ingreso per cápita de los nicaragüenses se duplicaría cada 10 años.

Finalmente, esa oposición que se necesita, debe mostrar ya su músculo. Hasta ahora, solamente han mostrado o están intentando mostrar músculo las propuestas del pasado, es decir Ortega y Alemán, en franca campaña electoral, como si todo estuviera en orden para las elecciones del 2011. Si la verdadera oposición no muestra músculo de calle y plaza, el hecho consumado de la ilegal candidatura de Ortega y la indeseable de Alemán, "consumado estará", ante la indiferencia o decepción de quienes esperarían otras opciones.

Tener un buen discurso, o buenas ideas, no tiene mayor significado si no se encarnan en fuerza política, de organización, calle y plaza. Desde luego, tiene riesgos empezar a convocar a la verdadera oposición de cara al 2011 cuando aún no se tienen condiciones electorales creíbles, pero no hay oportunidad sin riesgos, y más riesgo existe en que Ortega y Alemán impongan su realidad en las calles.

Tener un buen discurso, un buen argumento, no basta. La razón, sin fuerza que la sustente, es como si no existiera.

Carlos Fernando Chamorro

Voy a terminar con una nota de gran significado político nacional y, para mí, además, de profundo sentido personal.

A Carlos Fernando Chamorro se le ha concedido uno de los más prestigiados reconocimientos mundiales al periodismo, el Premio María Moors Cabot. No es tanto un tema profesional, como político: con ese premio no se reconocen técnicas periodísticas, que se requieren, sino también posiciones y principios; no se reconocen habilidades profesionales, que también se requieren, sino para qué se usan. En el premio a Carlos Fernando se reconoce una lucha formidable por la libertad de expresión, que es el fundamento de las otras libertades.

A mi me toca y mucho, personalmente, no solamente por mi vínculo de toda la vida con Carlos Fernando, sino también porque recuerdo, como si fuese hoy, cuando su padre, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, para entonces uno de mis mejores amigos personales y políticos, fue galardonado con el mismo premio, y a su regreso de recibirlo en Nueva York, le esperamos sus amigos, emocionados, a inicios de noviembre de 1977, dos meses antes que le asesinaran.

El galardón a Pedro Joaquín tuvo un inequívoco significado antisomocista, como el premio a Carlos Fernando lo tiene de antiorteguista.

 
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